Pablo comienza su discurso en Hebreos 13, diciendo que "el amor fraternal tenía que prevalecer" y en Romanos 12 que el amor "fuera sin fingimiento, que debíamos amarnos con amor
fraternal, dándonos honra unos a otros".
Estos días he
estado meditando acerca del amor fraternal, que es un término que solo
utilizamos los cristianos, utilizado para comprender el
amor de hermanos, de una familia. También habla de amistad e intimidad en una
familia.
Dios nos ha convertido en familia, pero a veces,
cuando las personas llegan y se sientan a la mesa, no se sienten libres para
contarnos sus luchas y sus debilidades. No encuentran el lugar para ser
honestos y auténticos, para abrir su corazón, para que el dolor se libere.
Tienen miedo a ser juzgados, a que su historia pase de boca en boca o a que al
final de todo, sean rechazados. No solo sucede con las personas que no son
seguidoras de Jesús, sino incluso con los congregantes de una iglesia.
Muchas personas dicen estar más cómodos al contarles sus problemas
a un amiga o amigo en un bar que a un cristiano o cristiana en una iglesia.
La razón por la que esto sucede es porque no se ha creado amistad
y fraternidad real. No hay un espacio donde pueda fluir la confianza y la
honestidad. Si no tenemos un ambiente de amistad, donde podamos expresarnos
libremente, será difícil ayudarles a nuestros hermanos y hermanas, sean niños,
jóvenes o adultos en el proceso de cicatrización de sus heridas.
¿Por qué juzgar a nuestra hermana o hermano que está a nuestro
lado? ¿No somos nosotras/nosotros tan humanos como ellos? ¿No podemos fallar
igual o aún más que ellos?


