martes, 31 de octubre de 2017

DÍA 30: CALLEJÓN.


8:35 de la noche. El frío de invierno calaba los huesos y Lory odiaba sentir que se congelaba. Tenía que llegar al metro y siempre era el mismo camino tenebroso, todos los miércoles, cuando el se escondía temprano. 
Había poco tráfico y casi ningún auto. Lo único que podía escuchar en la acera era el "toc, toc" de sus tacones. Se iba quejando mentalmente de todo el trabajo que tenía, los exámenes que tenía que calificar, los universitarios que la habían hecho enfadar antes, la chica a quien tenía que darle asesoría. Un peso terrible de estrés comenzó a caer sobre sus hombros.

"Oh, aquí vamos", pensó para sí cuando vio la calle más larga y peligrosa de la zona. Era normal que pasara por ahí, pero de vez en cuando, también era normal tener miedo. Había todo tipo de hombres por ahí, esperando una carnada, pero claro, todos escondidos. 

"Como cobardes".
Se compuso la bufanda y se aseguró de guardar el celular y la cartera en un compartido bien escondido en su bolso. Se adentró en la calle inspeccionándolo todo mientras caminaba. Más adelante se encontraba un callejón, era la parte más peligrosa. Ahí se reunían personas que vendían droga, vagabundos, algunos delincuentes. Una vez uno quiso robarle el celular, pero el bolso lleno de libros sirvió como arma, lo golpeó y por suerte salió corriendo y viva de ahí.
Comenzó a caminar velozmente cuando sintió que alguien caminaba detrás de ella a algunos metros. Se giró un poco para ver quién era. Muy alto, con gabardina color gris, pantalones de vestir y zapatos elegantes. Parecía un empresario o algún hombre que trabajaba en alguna oficina. Su rostro no podía distinguirlo, las luces de los faros apenas si daban espacio para que la luz cupiera. 
Pensó que quizá él no le haría daño, porque no se veía como los demás. Parecía un hombre común y corriente, tal como ella, queriendo llegar al metro.

De todos modos, no iba a tenerle confianza a nadie. El mundo nunca era como se veía. Siguió caminando sin detenerse, más rápido. El hombre también comenzó a acelerar el paso. Ella volvió a voltear: ahí estaba, casi pisándole los talones. Y entonces la luz la dejó ver su mirada. La miraba, era una mirada exageradamente seria, inexpresiva pero profunda.
El miedo comenzó a punzarle el corazón, así que casi comenzó a trotar. Y entonces de entre la oscuridad salieron unos cinco hombres con jeans rotos y gorras negras en la cabeza, todos obstruyendo su paso. Lory respiró profundo y sintió que sus rodillas le fallaban. Creyó que moriría, que la violarían o que con suerte, solo le robarían.
 "¿Qué es lo que haré?", se mordió un labio y caminó lentamente hacia ellos.

"Dios, te pido que no me abandones, por favor, protégeme".
Entonces sintió que una mano se posaba alrededor de sus hombros y la sostenía con delicadeza, pero al mismo tiempo, con fuerza. Era el hombre que estaba atrás hace unos minutos. Esta vez pudo observar cuidadosamente su rostro, mientras se quedaba atónita. Cabello castaño, ojos azules, delgado, blanco, pecas en sus mejillas, una mirada fiera. ¿Lo había visto antes? ¿Lo conocía ya? ¿Quién era él?

Sostuvo su mirada contra ellos. Nunca bajó la mirada. Ni siquiera frunció el ceño, con su simple mirada ellos volvieron a entrar de donde salieron. Los hombres se fueron sin decir o hacer más de lo que planeaban y Lory no podía creérselo. 
Él la guió gentilmente tomando su codo pero no dijo ni una palabra, ni siquiera la miró. Lory era quien no podía dejar de mirarlo. Entraron al metro y esperaron a que llegara.
—Muchas gracias por haberme salvado —Lory sonrió tímidamente —¿Por qué lo hiciste? No me conoces.
Él la miró de vuelta y sonrió. Era una sonrisa muy sincera y amigable.
Tú pediste ayuda.
Ella se paró en seco un segundo. —Espera, ¿cómo supiste eso?
El metro llegó veloz, pero él no contestó nada. Solo la miró con la misma mirada amable.
Las puertas se abrieron y él extendió su mano caballerosamente, dándole el paso. Ella aceptó y entró al vagón. La situación le pareció tan extraña que tuvo que alzar la voz:
—¡Está bien! ¿Puedes decirme ya quién...?
Pero cuando se dio vuelta, él ya no estaba. Miró a todos lados, no había dejado rastro. No estaba sentado en ningún lugar, no pudo haber corrido hacia otro vagón o hacia la salida en un abrir y cerrar de ojos. 

Y las puertas del metro se cerraron frente a ella. 

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