martes, 26 de enero de 2016

"No te bombardees a ti mismo".


Me pregunto dónde estaríamos ahora o qué hubiera pasado si Jesús no hubiera estado dispuesto a empatizar con nosotros.  Si Jesús no se hubiera puesto en nuestra piel y no hubiera querido dejar la corona y el trono, es inimaginable lo que hubiera podido pasar, aunque es irónico, porque la respuesta es lógica: simplemente ya no estaríamos aquí.
Me encanta hablar del Jesús que vivió lo que nosotros vivimos en carne propia. Que tuvo un momento aquí en la Tierra y caminó en suelo firme por 33 años. Me gusta saber que él lloró, él amó, él se alegró, a él le rompieron el corazón, lo lastimaron, festejó muchas cosas y disfrutó de otras más, tuvo temores y debilidades, se enfrentó a problemas y a personas difíciles, fue un ser tan social como cualquier humano y quiso ayudar a las personas, salvarlas, darles apoyo, paz, comprensión, cariño y sobre todo, morir por ellas.
Él estuvo en nuestros zapatos. Gracias a Dios porque nos entiende a la perfección. Ese gran plan de Dios me parece majestuoso. Jesús no quería solo quitarse la corona y morir por nosotros y luego irse. Además de morir por todos y cada uno de nosotros, se le suma que quiso ser un humano. Con todo y debilidades, temores, inseguridades, problemas, emociones y un espíritu finito.
Wow. Eso sí que es amor. Eso fue el increíble pack completo.


Viene a mi mente la fe. La compleja y dificilísima fe, pero claro, nunca imposible
He tenido algunos problemas que han estado preocupándome. Siempre soy muy sensible en todo aspecto, así que cuando llega algo, siempre lo siento demasiado caótico (más de lo que no es). A veces puedo ser un poco exagerada, lo admito. Pero soy así, así que a veces me preocupo demasiado por cosas que tendría que reflexionar antes de sacar conclusiones demasiado estruendosas.

Esta semana pasada, un día antes de mi cumpleaños, me llegó una noticia que me hizo ponerme muy triste y confundida. Y esa noticia hizo que me pusiera a pensar y que salieran todas las demás preocupaciones e inseguridades en mi cabeza. (Bueno, yo también soy humana y no estoy exenta a ser perfecta, gracias por su comprensión). Me reuní para platicar con mis propias lágrimas y fue todo un caso.
Me enojé, me desesperé, lloré, perdí la esperanza, la alegría y estuve a punto de perder toda mi fe y caerme al risco por tropezarme con una piedrita llamada "desaliento". Hasta peleé con mamá. Estaba tratando de hallar a Dios, pero creo que lo único que salía de mi voz mental eran gritos de desesperación que no se comprendían. Leí la Biblia para encontrar consuelo y cordura, pero creo que la única que no se encontraba y que no podía pararse en seco un segundo y ver todo en retrospectiva, era yo. Abrí la página en un devocional cristiano y solo leía que "pusiera los ojos en Jehová, el autor de la fe", que "confiara en lo que estaba haciendo", que "Dios no era hombre para mentir, y si él decía algo, Él lo cumpliría". 
Y entonces un nombre me llegó a la cabeza. En realidad, era un nombre de un libro cristiano que estaba leyendo dos meses antes de terminar el semestre. Se llama "Cuando lo que Dios hace no tiene sentido". Vaya que era lo que yo necesitaba. Como no tenía el libro a la mano, quise buscarlo por internet y para mi bendición, lo hallé en youtube como audiolibro. Me quedé en silencio y lo escuché. Por una buena vez, me paré en seco, tan solo un segundo y estaba ahí, escuchando. Solo escuchando. Nada de pensamientos ni preguntas. En el libro estaban todas, todas y cada una de las respuestas que yo necesitaba en aquel momento. 
Una paz que no es como ninguna otra paz me fue llenando al escucharlo y entenderlo. Una paz perfecta me fue calmando, paso a paso. Llegué a comprender, que así como al principio mi única esperanza era confiar en que Dios es Dios y sabe lo que hace en su tiempo, al final también tendría que pensar así.


Al final, Dios sí tenía todo preparado y nunca me iba a fallar. La noticia, que yo creía un hecho, volteó su cara y cambió a ser tan solo una falsa alarma. Me sentí avergonzada de mí misma, me sentí como Pedro cuando tuvo miedo de caminar sobre las aguas y comenzó a hundirse. "¡Señor sálvame!". "¡Hombre de poca fe!", le dijo Jesús, "¿Por qué dudaste?". 
¿Cómo es que podemos dudar si tenemos a un Dios que lo puede todo y no se le dificulta nada? Quizá no entendemos su soberanía ni su amor ni su tiempo ni lo que puede hacer con sus manos ni por qué ni cómo o cuándo, pero al menos sabemos que a quienes lo aman con todo el corazón, todo les ayuda para bien. Todo. Y que Él tiene un futuro y una esperanza para nosotros, un plan maravilloso. ¿Cómo es que podemos dudar si tenemos promesas, escritas en un libro de verdades, impresas con tinta?
A veces somos así. Dudamos de Él, teniendo plena consciencia de quién es y todo lo que puede hacer. Caminamos en las aguas y entonces dudamos, perdemos la esperanza y la fe en que hay algo mejor allá adelante y comenzamos a hundirnos. Jesús mismo pasó esta situación: pensó que su Padre, Dios, lo había abandonado. 

Pero, como siempre, Dios tenía un gran plan entre manos. A Él no se le escapó nada.
Pedro estaba logrando caminar sobre el agua, quería ir hacia Jesús pero se bombardeó con sus dudas e inseguridades de un segundo a otro. Tuvo miedo y entonces sus pies comenzaron a hundirse. Pidió ayuda y rápidamente Jesús fue a su rescate. 
Justo un día antes de que llegara esa noticia, le hablé a mi mamá de todo esto y me dijo: "Por favor, deja de bombardearte a ti misma. En mi mente, veo tu imagen correr de un lado a otro, con desesperación y confusión. Te escondes por aquí, sales de ahí y corres. Vas de aquí para allá y nunca te detienes. Deja ya de bombardearte a ti misma con todos esos problemas y temores".

A veces eso es lo que pasa. Alguna vez en nuestra vida, todo va bien, podemos llevar todo con calma y caminar sobre las aguas, pero entonces comenzamos a desconfiar y a bombardearnos a nosotros mismos con preguntas sin fin, y nos hundimos. Decimos: "todo va bien, yo tengo fe y esa fe nunca será movida, yo confío en Dios". Luego echamos una mirada en retrospectiva a cuando llega una noticia caótica, un problema grave y nos miramos perdiendo la cabeza y sintiendo que el mundo se nos está cayendo encima.
Lo único que debemos de saber es que Dios nunca llega en mal tiempo, no llega cuando todo terminó. Llega en su tiempo, y su tiempo es perfecto. El tiempo de Dios es diferente al de nosotros. 
Lo único que Jesús nos dejó después de la Cruz, fue la esperanza. Esperanza en que tenemos promesas que no son mentiras vanas e inútiles, son verdades patentes que han sobrevivido millones de años, y que nos encuentran justo ahí, cuando nos estamos hundiendo. 








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