miércoles, 30 de diciembre de 2015

Antiguas despedidas y nuevos saludos.


Hace un día que llegué de un viaje de tres días con una amiga y un amigo a un lugar en México que no está muy lejos del D.F. y que cada vez me gusta más porque es tranquilo y mágico y tiene una eterna primavera (y porque es tan tranquilo que puedes estar en bicicleta por todos lados).
Nadé, hice ejercicio sin pensármelo jugando, comí bastante, reí bastante, visité algunos lugares, tomé varias fotos, me resfrié el día antes de que nos fuéramos, mejoré mientras estábamos allá,  desveladas por café, pláticas, baños a la una de la mañana y mi medicamento. Me mantuve desconectada del mundo entero pero totalmente activa en lo que vivía en el momento. Eso me encantó. Además de todo, y la cosa más creativa e interesante: 

aprendí un poco más sobre Dios y sobre la vida. Nada de fiestas, alcohol, drogas o sexo. Eso no es necesario para ser feliz.
Después de eso, ayer por la noche, todos llegamos a la Capital, nos despedíamos, dábamos gracias a Dios y volvíamos a casa. 
¡Me divertí a lo grande y aprendí fiesta!
Y al llegar a casa lo único que me invadió como si me estuviera atragantando fue la realidad. Todo de lo que puedes "depender", como por ejemplo, las malnacidas redes sociales. No digo que las odie, porque lo acepto, siempre tengo que estar aunque sea en una de ellas. Pero vale, diré la verdad: no soporto facebook. Me harta, lo odio. Es estresante y superficial. No suelo abrirla por esas razones. Y entonces comienzan a llegarte todos los mensajes de WhatsApp como flechas directo a los ojos. Tienes una realidad y un mundo al que acceder
Una hora después ya estoy contestando mensajes. Otra hora después me doy cuenta de muchas cosas: que este año me he despedido de muchas personas de las que era necesario despedirse y he dicho "Hola" a muchas otras personas especiales y momentos que han sido maravillosos (la verdad ya me había dado cuenta desde hace meses, pero ahora me siento más agradecida).
Pienso en esas personas a las que les he dicho adiós, pienso en las otras a las que les he dicho hola. Pienso en los momentos más felices. Pienso en este viaje, en lo que pasé y aprendí. Pienso en que al final, como todo, teníamos que despedirnos.
Pienso en los cambios que ha habido en mi vida y las personas y momentos que han hecho cambiar este año de vida. Dicen que cuando algo se va, algo mejor viene. Y lo que siembras, cosechas y que un cambio a veces es lo mejor.
Una despedida siempre viene tomándole la mano a un cambio. En algún punto de nuestra vida (o en varios) siempre tiene que llegar un momento de caos. Alguna vez alguien ha quemado nuestros sentimientos, otra persona quizá ha saqueado nuestro corazón, alguien más ha podido rajar nuestra alma con una navaja o ha llegado otro más que haya logrado reconstruirnos. O la persona simplemente tuvo que irse y no hay explicación, solo duele y debemos aceptarlo por más cruel que sea. Aún con esos interminables cambios, lo maravilloso de todos nosotros es que, un poco rotos o un poco vivos, logramos adaptarnos a lo que venga. Siempre se ha dicho que una de las cosas más difíciles en la vida es despedirse. Es por eso que le tenemos miedo al cambio, o a que todo deje de estar bien, y con eso, a recibir y a obsequiar despedidas, porque creemos que todo se irá directo al suelo, creemos que todo quedará en ruinas. Pero eso no es tan malo como parece. Las ruinas son el impulso que nos moverá, son la palmadita en la espalda que nos alentará a esforzarnos y levantarnos. Las ruinas son el ahora y lo que vendrá mañana, que será mucho mejor.
Y con esto, no me resta más que decir que no hay despedidas, hay nuevos saludos.
No hay cambios, hay una preciosa transformación.
Y sobre todo, hay renovada esperanza.
Y el único Autor de la esperanza, de esa chispa que  que nos saludará, nos transformará y no se despedirá nunca... es Jesucristo.










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